Me echo de menos. Me echo mucho de menos. No sé dónde estoy.
Me echo de menos hasta el punto de contar segundos del día. Hasta el punto de levantarme y acostarme en un parpadeo. Hasta el punto de que la música me busca a mi, y ya no la busco yo a ella.
No sé hasta qué momento me echaré de menos, pero creo que si sigue más profundo llegaría al átomo de mi creación.
Al último átomo de tinta.
Al primer átomo de caricia en mi piel.
Sé, a ciencia cierta, que sin ellos no sería yo. Sé, a ciencia muy cierta que a ti, que sé que me lees, te llevo de mezcla en mi ser. Te llevo de base en mi corazón.
Sé que tengo sangres mezcladas y que con la mía sola no podría ni respirar.
También te llevo a ti, que sé que no me lees, que sé que no estás. Porque las flores también rompen el asfalto y las raíces deforman el paisaje.
A veces pienso que no son explosiones, que no son picos ni necesidades esto que me surge. A veces, pienso que me he hundido tanto en la vida adulta y en mi oscuridad que para resurgir, cuando ya miro hacia arriba, solo veo esa luz característica que sale de vuestra representación. Y son ellas las que hacen que lata mi corazón con esta fuerza.
La realidad: la vida adulta es una excusa, porque no tengo recuerdos de otra forma de vivir que no haya sido así, sin contar con los corazones que me rodean. Resulta irónico pensar en la independencia que desprendo y que realmente no pueda caminar sin ellos.
No sé cuántos años han pasado desde que empecé a escribir, ni cuántos años han pasado desde que aparecieron en mi vida. Pero sé que no puedo explicar lo que siento ni voy a poder hacerlo nunca. Lo siento, creo que es mi mayor defecto.
Las palabras que no sé sacar de mi ser, las intento transformar en algo que no se ve pero que sé que recibís. Sé que se siente.
Con el alma, con la vida y con el ser. Eso será para siempre.